DAR Y RECIBIR: MORIR PARA VIVIR



Septiembre 2019

Si me preguntarán cuál es el mejor regalo que podría recibir en mi cumpleaños, sin duda respondería: no tengo la mejor idea.

(...) 

Pero ¿quién dijo que en los cumpleaños había que regalar algún obsequio? ¿Será acaso herencia de la visita de los reyes magos  a Jesús en sus primeros años? No tengo la menor idea. Pero supongamos que no se celebraran los cumpleaños ¿existirían regalos? …

¿A qué quiero llegar? A que comprendas que en realidad en el fondo de las cosas, el hecho de regalar algo no se basa en la celebración o en la conmemoración de una fecha, sino en la actitud del corazón. De esta manera, yo puedo estar todo el año regalando o ser objeto de un regalo sin necesidad alguna de ir envejeciendo.
Es suma, es una decisión personal. Puedes estar todo el año o toda tu vida regalando: amor, compañerismo, alegría, amistad, paz, etc.  

Ahora bien, todo lo anterior no es un pensamiento antojadizo, sino que es profundo, sincero, y autentico. Porque si tomamos esta postura, prontamente nos daremos cuenta de que la única razón que hay para regalar algo: es porque nuestra naturaleza humana está hecha para dar y recibir

Y la pregunta cae por si misma ¿estoy solo recibiendo? ¿Estoy solo dando? o ¿estoy dando y recibiendo?

Ambas cosas son igual de importantes. Porque van de la mano. Es como una moneda. Tiene dos caras. Si solo tiene una, deja de ser moneda.
De esta manera, si el dar implica una actitud del corazón, el recibir implica una disposición del mismo. Si yo me dedico únicamente a dar, pero me cierro para recibir, finalmente terminaré vació y seco. Porque fuimos creados para ambas experiencias.

El recibir, implica humildad. Significa que estar abierto y dispuesto para ser edificado, exhortado, instruido por otros. Pero además implica sinceridad, porque reconozco que necesito algo que el otro tiene que me servirá.
A veces caemos en la trampa de creernos el cuento de que solo podemos dar, pero no recibir. O por el contrario, solo recibir, sin asumir el compromiso de dar.

A donde quiero llegar con toda esta reflexión que se me acaba de ocurrir: al punto de que es nuestra naturaleza la que nos demanda dar y recibir. Y en cuanto naturaleza, nos podemos resistir a aquello. Pero que bello y prometedor es cuando es nuestro corazón el que toma esa actitud. Porque entonces toda nuestra vida, todos nuestros sueños, todos nuestros anhelos, todo lo que hacemos y somos girará en torno a esta feliz idea: dar para recibir, recibir para dar.

Si contemplas detenidamente la vida del Maestro, podrás colegir la siguiente conclusión: nos dio todo, por tanto, nos pide todo. En la parábola de “la perla de gran precio”, el personaje principal cuando se dio cuenta que había encontrado el lugar donde se encontraba esa gran perla, fue y vendió todo lo que tenía para poder comprar ese lugar… pero ¿por qué hizo aquello? Por una razón muy simple: porque la perla lo valía todo. En otras palabras, el mercader lo dio todo, para recibirlo todo.


Bueno, en nuestra vida cristiana esta reflexión no es tan ajena ni distante. Hemos recibido “todo”. Sí, porque hemos recibido a Cristo el Señor. Creo que eso debiera ser suficiente. Juan Wesley escribió la siguiente alabanza que bien sabes “Cristo encuentro todo en ti, y no necesito más”. Qué declaración más fuerte y coherente con la declaración de Pablo “ya no vivo yo, Cristo vive en mí”. 

Tal vez para nosotros el cantar esta alabanza tiene una connotación de bastante simpleza. Porque en el fondo, nunca hemos tenido grandes cosas materiales o intelectuales de las cuales jactarnos, al llegar al punto de decir que aquello nos satisface. Sin embargo, pienso que Pablo o el mercader entonarían esta alabanza con una disposición muy distinta a la nuestra: porque ellos sí que dieron todo por algo, y a cambio recibieron algo superior.

Empero, ¿qué recibimos o recibiremos nosotros si lo entregamos todo por la causa divina? Es una buena pregunta. Porque en base a la oferta aceptaremos un mayor o menor riesgo en nuestro camino…

Se está poniendo interesante el tema. Porque al final día ¿con qué valor vemos “lo que se nos ofrece o recibimos” porque entregarnos a la causa divina? Podría estar toda la tarde respondiendo esta pregunta.

Pero me gustaría traer a colación la historia de un misionero ingles llamado David Livingstone. Estaba casado, con una prominente carrera en lo secular. Pero al sentir el llamado de Dios, se fue a África a predicar, y estuvo hasta el final de sus días en ese lugar. En una ocasión su esposa lo fue a visitar, la ataco la malaria: a los meses él la estaba enterrando… 

En una oportunidad este misionero fue invitado a la Universidad de Cambridge, y dio el siguiente discurso frente a esa distinguida audiencia. En ese momento, este misionero hizo una llamada a los estudiantes para dedicarse a la obra misionera:

     “Personalmente, nunca he cesado de gozarme de que Dios me confiara este servicio. La gente habla mucho de los sacrificios hechos al dedicar mi vida a África. Pero ¿puede llamarse a esto sacrificio si devolvemos a Dios un poco de lo que le debemos? Y le debemos tanto que nunca podremos pagar nuestra deuda. ¿Puede llamarse sacrificio a lo que nos da la más profunda satisfacción, que desarrollo nuestro mejor potencial, y justifica nuestras más grandes esperanzas y expectativas? Fuera esa palabra! ¡Fuera esos pensamientos! ¡Es una cosa distinta de sacrificio! ¡es un privilegio! Durante un momento nos pueden retener el temor, la enfermedad, los sufrimientos, los peligros, el renunciar a conveniencias que parecen indispensables para la vida, pero sólo por un momento. Todo esto no es nada comparable con la gloria que será revelada en nosotros. ¡Yo nunca hice un sacrificio!”

Quedé con los pelos de puntas cuando leí esta declaración. Enserio me llegó al corazón. Vi reflejado en él parte de mis sueños y frustraciones. Verdaderamente este varón de Dios entendió que el darlo todo, significaba a la vez, recibirlo todo.
Y para nosotros ¿qué significa?...

Te comparto pequeña carta (que termina con un poema) que escribió un joven cuyo nombre mantendré en anonimato: 

(...)

(...) 

(...) Creo que ambos tenemos algo en común: nos apasiona la obra del Señor. Sé muy bien que eso es lo que te mueve y motiva. Y aquello no es muy común en nuestros días. Por eso debes guardar y atesorar aquello.

Porque ahí está la riqueza y la verdadera ganancia. Cuando escuches voces (como yo las he escuchado frecuentemente) en tu camino que te inviten a parar, detenerte, salir incluso de lo que te apasiona: cierra tu oído. Quizá seas tratada de fanática, desequilibrada, incluso hasta irresponsable. Bueno que así sea para los hombres[10], pero para Dios serás de gran estima…

Cuando pase el tiempo y mires hacia atrás, habrás comprendido que enserio vale la pena vender y entregar todo por la perla de gran precio: Cristo.
El tiempo pasará veloz. Muy veloz. No lo podemos detener. Solo debemos estar ahí para recibirlo y vivirlo. Espero que Dios te bendiga grandemente en este día[11]. (...)

Te aseguro que tú y yo, hemos vivido apenas el inicio de esta gran riqueza. No te imaginas lo que hay detrás de este gran tesoro. Sus maravillas son incontable, y sus profundidades insondables.

No perdamos la divisa. No perdamos el norte. Sigamos adelante. Mirando al Señor. En las buenas y en las malas. En las alegrías y tristezas. En las victorias y en las derrotas. En el aliento y en el desaliento. En abundancia y en escasez. En la salud y en la enfermedad.  Dando para recibir y muriendo para vivir…




Salutaciones a Pérsida (Rom 16)

[10] No estoy hablando, ni defendiendo en caso alguno la flojera, ni la despreocupación por los estudios.     
[11] Y en todos los días … cada día cada hora …

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