Reflexión del Silencio
25 de marzo de 2020
¿Será que nos ha tocado vivir la última jornada?
¿Será que nos ha tocado presenciar el inicio del ocaso de la iglesia militante?
Pero ¿Dónde quedan los sueños? ¿Dónde quedan todas las metas por las cuales hemos luchado arduamente? ¿Dónde quedan los premios que nos faltan por alcanzar? ¿Y dónde queda la estrella que ya casi alcanzábamos?
La respuesta es simple y sencilla: todo queda en suspenso, incluso en la nada. Pero ¿Por qué? ¿Por qué justo ahora cuando todo parecía florecer? ¿Por qué en este preciso momento y no en un tiempo futuro? ¿No pudo haberme encontrado esta situación en un estado de más sosiego?
Como se están dando las cosas, el futuro no parece
muy alentador, las consignas no son satisfactorias,
y los impulsos externos no son
alicientes para enfrentar la crisis que cada ser terrenal lleva. Todo parece aproximarse
a un estado desenfrenado de incertidumbre
con un fuerte aire de desazón y pesadumbre permanentes.
Pareciera ser que todo esto nos encontró desprevenidos y con la guardia baja. Pero en realidad lo sabíamos, hace tiempo que lo sabíamos…
Este gran cambio de paradigma que estamos viviendo, nos hará tomar forzadamente una decisión. Y creo que ya muchos tomaron una. Será, eso sí, una decisión con mira celestial y eternal.
Cambiar en forma brusca el camino de nuestros objetivos a corto y mediano plazo es algo que duele y desconcierta, al menos al principio. Pero ¿por qué nos duele? Leer Col 3:2.
Pareciera ser que este “gran mover” nos está diciendo algo. Pareciera ser que toda la desesperación y la angustia que nos rodea nos está diciendo algo. Pareciera ser que Dios nos está diciendo algo. Pero ¿qué es? ¿Qué será? Aún no lo sabemos del todo. Aún nuestros oídos nos están preparados para oír aquello, aún nuestros ojos no están purificados para entenderlo. Cómo que estamos viendo tras un velo, tras el humo, tras la niebla. Todos tenemos pequeñas luces y destellos, pero ninguno la aurora plena.
¿Qué haremos nosotros? En realidad ¿hay algo que
podamos hacer?
La verdad es que sí hay algo que hacer y mucho, incluso, las directrices están más cerca de nosotros de lo que pensamos…
A lo largo de la historia, el pueblo de Dios siempre se ha visto rodeado de situaciones adversas y complejas. Esto no es nada nuevo, en lo absoluto. Desde el comienzo, los hijos de Dios han tenido que dar estas batallas. En unas triunfaron y en otras perdieron.
Por tanto, lo que estamos viviendo no es nada nuevo para el mundo de la fe. Por el contrario es un camino ya transitado por los peregrinos celestiales.
Así que, hemos de preguntarnos con firme resolución y prestancia cuál ha sido la acción y reacción de los “ya gloriosos”, y tomar la enseñanza bienaventurada de esta gran “nube de testigos” (Heb. 12:1) sin duda que ellos ya pasaron por nuestras tribulaciones (Heb. 11), ellos ya cargaron la cruz, ellos ya sufrieron los quebrantos, ellos llegaron a la “cima del collado”, ellos ya triunfaron, ellos ya guardaron la fe hasta el final, ellos ya fueron glorificados.
Por eso es preciso en estos días pararnos en nuestro camino (Jer 6:16), mirad y preguntar por las sendas antiguas, cual sea el buen camino para andad por él y hallar el descanso que tanto necesitamos…
¿Habrá algo de positivo en esta odisea mundial, que al parecer tendrá una estadía más prolongada de lo sospechado, y que pueda ser de gran provecho o enseñanza?
Claro que sí, y eso es lo mejor de todo. Que todo lo que estamos pasando redundará para bien, para nuestro provecho, para nuestra bendición (Rom 8.28-35). Baste mencionar a José “Más Dios lo encaminó a bien”, a Job “Y bendijo JHA el postrer estado de Job más que el primero”, y Pablo “Esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente peso de gloria”.
Sin embargo, ¿estaré dispuesto a recibir la enseñanza? ¿Cuál será mi actitud cuando la prueba empiece a recrudecer? ¿Cuál será mi postura cuando las llamas asedien ferozmente el crisol de nuestra alma?
El autor E.W. Blandy escribió a fines del siglo XIX el siguiente himno “Sufriré por ti maestro, no me faltará tu mano, y si tu iras conmigo, moriré contigo mi Señor”. ¡Qué gran convicción de fe!
Estoy más que seguro que este incipiente proceso mundial (Mt 24) sacará a luz lo mejor o peor de nosotros (Sal. 76.55-58).
Dios quiera que sea lo mejor…

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