El regreso
¿Y si volvieran? Pero ¿podrán hacerlo? ¡Claro! por qué no.
¿De qué manera los recibiríamos? ¿con ánimo, con lastima, con emoción, con
reprobación o rechazo?
No es necesario un análisis profundo para darnos cuenta de que el Señor los
recibiría con “los brazos abiertos” con amor, compasión y misericordia.
Por esta razón, es que debemos preguntarnos ¿Cuál es nuestro rol como
hermandad cuando llegan estos hijos de la promesa?
Si ellos en el “mundo” se llevaron una impresión de amargura y de soledad, entonces ¿cuál debiera su impresión al llegar a la Casa del Señor?
No hay duda, que llegarán con mucha timidez e incluso con alguna cuota de
vergüenza y dolor. Pero es nuestro deber, como hermanos de ellos, hacerlos
sentir que han vuelto al mejor lugar del mundo…
Pero ¿qué es lo que nos pasa? Es que estamos tan envueltos en nuestras
preocupaciones, proyecciones, sueños y metas terrenales, que hemos llegado a
una triste y lamentable condición de indiferencia. De modo que no siquiera nos
preocupamos por el hermano que está a nuestro lado.
La Palabra de Dios dice que somos la luz de la tierra, la sal del mundo.
Entonces qué es lo que podemos esperar de una congregación que ha caído en el
conformismo, en donde se mira a la hermandad como un número, como una gran
masa, en donde vienen solo oidores y simpatizantes de fe, en vez de buscadores
y adoradores del Dios de la fe.
En necesario que tomemos conciencia de la gran función a la cual estamos
llamados como miembros de la iglesia de Cristo. Que dejemos de lado nuestras
vidas por un segundo y nos preocupemos por la vida de los que “vienen de vuelta” perdidos y sin Cristo.
20/08/19

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