Hacia la búsqueda de lo eterno

Hacia la búsqueda de lo eterno

Y el tiempo pasó… de manera vertiginosa y apresurada por lo demás. El futuro es inevitable. Viene a nosotros y nosotros vamos a él. Pensar de pronto que hace un par de años éramos simples (sencilllez) niños y adolescentes. Pero ahora hemos dejado de ser niños e intermedios, pues ya somos jóvenes – aunque no por eso debemos dejar de ser simples. El tiempo seguirá avanzado. Más adelantes seremos jóvenes adultos, luego adultos, luego padres, luego adultos mayores, y finalmente ancianos. Sin embargo, la cuestión de fondo es que en todo este periplo de la vida, nunca perdamos la simpleza, nunca perdamos la sencillez.

Ahora bien, no nos confundamos. Sencillez y simpleza, no es los mismo que liviandad y superficialidad, todo lo contrario. Pues aquellas – sencillez y simpleza- son actitudes del corazón. Que se superponen a las honras, responsabilidades, posiciones y honores terrenales.

Leyendo sobre la biografía de Hoover, observé en él esta cualidad: la sencillez. Al momento de ser esparcida la incipiente iglesia pentecostal por los cerros de Valparaíso, aquel varón de Dios cargó – literalmente- sobre sus hombros bancas de maderas para llevarlas a los locales establecidos en los cerros. Frente a tal situación, un hermano le dijo: ¡Mi pastor cómo se le ocurre a ud llevar aquellas bancas! Hoover le responde – estoy parafraseando- ¿por qué no? Soy uno más de ustedes.

Quedé impresionado al leer aquel relato. Saqué una gran enseñanza para mí. Y vino a mi memoria las Palabras del Maestro “El hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir”.

Urbano, quise escribir esta pequeña introducción, para poder compartir contigo algunas palabras respecto a la investidura que Dios ha puesto sobre tus hombros. Hace un par de meses atrás le escribí una carta similar a Amplias. Con el mismo contenido de fondo, pero una forma distinta.

No tomes esta carta como una exhortación. Porque no lo es. Es solo un consejo. Es solo un saludo fraterno. Es solo una palabra de aliento. Es solo un mensaje de paz…pero con una mirada en la eternidad.

Como ya te mencioné una vez – cuando estaba cuidando vehículos- en esta nueva etapa de tu vida espiritual aprenderás muchas cosas, y es probable que sea en forma paulatina.

Si me preguntaras a mi ¿qué significa ser predicador? Lo primero que se me viene a la cabeza es mirar al más grande predicador de todos los tiempos y aprender de él lo más que pueda: Jesús. Y en base a aquella figura, comenzar a tomar los criterios para poder considerar qué es ser un predicador…

Lo primero que resalta de mi maestro es La Humildad. Esta actitud del corazón que tanto nos cuesta mantener y aceptar. Ser humilde no significa ser apocado, ni menoscabado. Ser humilde significa ser como Jesús. Amar a todos los hermanos. Pero literalmente a todos. A los que me quieren y también a los que me rechazan. A los que soy agradable y a los que soy incómodo. A los que me aprecian como también a los que se ríen de mí. A los que me estiman como a los que no lo hacen. Esta virtud divina del maestro debiese alumbrar en los sacerdotes de Jehová.

Pídele al Señor más humildad. Porque la necesitamos con urgencia. Es cierto que Dios nos ha dado una investidura, y eso significa el respeto de nuestros pares. Pero no para enseñorearnos del resto, ni mirar por encima del hombro ¡Nunca permitas que eso entre en ti! Dios te libre.

El ser humilde significa mirar a los demás como superiores a ti mismo y no tener más alto concepto de ti que el que debes tener.

Esto, nos lleva a una segunda cualidad que todo predicador debe anhelar y poner en práctica El Servicio. Cada vez, entiendo con más profundidad que ser un predicador es ser un servidor. Aquello implica – como lo dice la Palabra- buscar el bien de los otros antes que el nuestro. Significa postergarnos. Significa ser un puente. Un estimulador. No una piedra de tropiezo, no un impedimento para que se derrame la bendición del Señor. Sino por el contrario, ser un vaso, conducto, canal por donde Dios pueda derramar sus bendiciones eternas y muchos puedan ser bendecidos por medio de tu servicio.

Pídele al Señor, la gracia para entender que eres un simple servidor. Nada más. El gran predicador de los desiertos – Juan el Bautista- decía “Soy solo una voz que clama”. Imagínate, solo una voz, nada más. Él no anheló un puesto, o un renombre entre sus hermanos, porque solo era una voz. Y si Juan ha sido el más grande hombre nacido de mujer…¿ qué nos queda a nosotros?

Esto me lleva a la tercera cualidad (No significa que acá se agoten las cualidades de que podemos aprender de Jesús. Solo quise tocar estos tres puntos.) que debiera estar los ministros de Jehová “La Dependencia”. Esto es algo que si o si debes vivir en tu odisea cristiana – incluso aunque no seas predicador. Tendrás que aprender a vivir totalmente dependiente de tu Padre celestial. Tus decisiones, anhelos, sueños, etc, todo aquello dependerá de Dios. Cuando te corresponda presidir un servicio, tomar una reunión, ungir, etc en todo aquello deberás a aprender única y exclusivamente de Dios.

Con el tiempo, te darás cuenta que cada palabras que prediques Dios te hará vivir. Créeme que he vivido – y estoy viviendo- en carne propia esta experiencia. Es profundamente hermoso aunque también doloroso, pero algo totalmente imprescindible y necesario. Necesario. Muy necesario, vaya que necesario…

Jesús le dijo al diablo “no solo de pan vivirá el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Muchas veces la palabra (designio) de Dios para tu vida será de sufrimiento-alegría, de dudas- respuestas, de incomprensiones-comprensiones, de confusión-claridad, etc. Nunca te olvides que “en su creación Dios tiene un plan que reina” y tu formas parte de ese plan.

Finalizo esta carta haciendo una pregunta ¿Cuál crees tú que es la mayor lucha de cada predicador?

Partiré por la respuesta que sostuve durante un tiempo, pero que con el tiempo me di cuenta que estaba errado. Creía que mi mayor lucha sería el guardar mi paso dentro de la iglesia. Al igual que tu fui nombrado predicador a una temprana edad. Decía entre mi “cómo me voy a parar frente a mis pares en el grupo de jóvenes que son mayores que yo, que tienen mucha más experiencia, etc.” “Tal vez me mirarán en menos, o se reirán de mi”. (...) Y pensé que sobrellevar todo aquello sería mi gran lucha… pero estaba equivocado. No quiero decir con esto que lo anterior ha sido fácil, porque no lo ha sido.

El punto es que me di cuenta que la mayor lucha de cada predicador es: el predicador mismo. Tú mismo eres tu mayor enemigo- quizá con el tiempo entiendas esto. El predicador debe morir cada día, para que Cristo viva en él. El predicador debe renunciarse a sí mismo todos los días todo el tiempo. Debe dar luchas sangrientas y sin cuartel contra su propio corazón y mente, que lucharán arduamente contra él. Deberá crucificar todos los días su carne con sus deseos pecaminosos. Deberá gemir hasta las lágrimas para que la santidad de Jehová se conserve en su vida: esta si es una verdadera lucha. Por eso Pablo gritaba ¡Miserable de mí! En gran parte, el triste estado espiritual de la iglesia de los últimos tiempos obedece a la condición triste y deplorable de los predicadores. Es necesario dejar de lado nuestro ego y arrogancia y pedirle a Dios día a día que nos ayude para hacer morir lo terrenal y vestirnos del nuevo hombre conforme a la imagen celestial. Como dice aquella alabanza “que mis labios al hablar hablen solo de tu amor”. Que tus labios sean ungidos por el carbón divino, para que puedas entregar la palabra de Dios con pureza y verdad.

En esta ardua lucha deberás preocuparte por estar armado y firme en la roca. De lo contrario cederás ante la presión del mundo-demonio-carne. Así, estar armado, significa estar en constante santificación, purificación, comunión con la alto. Esta investidura divina requiere mayor búsqueda, mayor santidad, mayor entrega.

“No descuides el don de Dios que está en ti”. Debes cuidarlo. Debes cuidarlo. Cuida la comunión con Dios, cuida la oración, cuida la lectura de la palabra, cuida la cámara secreta, cuida la devoción privada, cuida tu corazón, cuídate de ti mismo…

Urbano, busca la unción de lo alto. Debes buscarla hasta alcanzarla. Cueste lo que cueste. No te canses, no te rindas, no aflojes, no desmayes. A la semejanza de Jacob en su lucha con el ángel “No te soltaré sino me bendice”. Que ese sea nuestro ruego. Necesitamos bautismo del Espíritu Santo. La iglesia necesita esto. La juventud, los niños, los ancianos, todos necesitamos eso… ¿pero quién estará dispuesto a sufrirlo?

El tiempo pasará cada vez con más prisa. En esta corta edad que tienes aprende a conocer al Señor de más cerca. Que tus ojos sean abiertos para que veas las maravillas de la ley de Dios (salmo 119).

Con cariño y aprecio,


Carta a Urbano cuando fue puesto para servir a los suyos (Septiembre 2019).

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